CUANDO LOS HIJOS SE VAN
Ayer mientras me deleitaba con las fotos de Instagram, un video me llamó la atención de inmediato: la foto mostraba una bellísima águila al tope de un cerro empujando suavemente a su aguilucho para que empezara a volar. Y cuando así lo hizo, su madre se lanzó detrás de él para felicitarlo con sus alas abiertas. Como nunca había visto nada parecido, la ternura de la imagen me emocionó profundamente. Pero al terminar de ver el video no pude menos que preguntarme si mis lágrimas se debían a la belleza del momento, o más bien al recuerdo de esa etapa compleja de mi vida cuando mi hijo también abrió las alas de su nueva vida. Como para muchos otros, ese fue uno de mis momentos más penosos. Al tener un hijo único, mi relación con él se había convertido poco a poco en el significado de mi vida. Me acordé entonces de una frase del psiquiatra Americano M. Scott Peck cuando dice que si supiéramos lo que significa tener hijos nadie los tendría, y me dije que, en momentos como ése, era muy probable. Y, sin embargo, la imagen del águila mostraba un paisaje completamente diferente: la satisfacción de una madre capaz de hacer de su aguilucho un pájaro decidido a enfrentarse con la vida. No niego que la separación de nuestros hijos es una de las más arduas, pero después de haberles dedicado tantos años, cuando se van de pronto se nos abre la puerta de una vida nueva. En mi caso, sentí de pronto la necesidad de arreglar mi casa para hacerla más mía, y de ofrecer mis horas libres a las organizaciones sin fines de lucro que necesitan traductores. También el significado de mi vida ha cambiado: hoy tiene que ver con vivir ayudando al que lo necesita, a ser agradable y respetuosa con los que me rodean, y agradecer todas las cosas buenas que me regaló la vida.

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