HAY UN ANGEL EN CADA ESQUINA - CUENTOS DEL MÁS ACÁ Y DEL MÁS ALLÁ - MARINA OPPENHEIMER -AMAZON

Corría el año 2007 y yo recién me había mudado a un apartamento en Miami Beach. Era la primera vez que vivía sola en muchos años y la burocracia de la compra del departamento me había generado un gran nivel de ansiedad. Si bien no soy una persona que se ahoga en un vaso de agua, los muchos años de matrimonio habían disminuido notablemente mi eficacia para lidiar con la vida, ya que cuando se vive acompañado los obstáculos se reparten. Todo empezó con la venta de nuestra casa de Coral Gables, que pudo firmarse por casualidad porque la escritura decía María en vez de Marina. Pero ese mal momento no fue el único. Al cabo de un mes de haberme mudado, me llegó por correo el detalle de los impuestos a la propiedad del nuevo departamento. Cuando abrí el sobre y vi que era una cifra astronómica que correspondía al dos por ciento del precio de compra, decidí ir a la oficina de impuestos a pedir explicaciones. Al cabo de media hora de espera en una fila interminable, me atendió una desagradable funcionaria, Ms. R., que se limitó a repetir una y otra vez que yo no tenía derecho a la exención impositiva del portability act porque había una disonancia con mi nombre en las escrituras. Como tal decisión representaba mucho dinero para mí, decidí buscar un abogado ducho en el tema, ya que en esa época mi hijo se especializaba en otras aéreas legales. Estaba tan angustiada que busqué por el internet a un abogado que tuviera una oficina cerca de mi casa. Un nombre me llamó la atención y disqué su número sin tardar. Me sorprendí mucho cuando él mismo me atendió el teléfono y me dio una cita para ese mismo día a las dos de la tarde. Ya un poco más tranquila me dirigí a su oficina a pocas cuadras de mi casa. Si bien por la voz en el teléfono me había hecho a la idea de que se trataba de un hombre de unos sesenta años, cuando toqué la puerta el que apareció fue uno de cuarenta que más que abogado parecía un actor de cine. Inmediatamente nos caímos bien y, ni bien le hube dicho por qué había ido a verlo, se puso a trabajar en el asunto. A partir de ahí fueron meses de papelerío interminable, de reuniones y llamados telefónicos con la inamovible Ms. R., quien seguía insistiendo en que, si no se arreglaba mi nombre en la escritura de mi antigua casa, no me daría la exención impositiva del portability act. Finalmente, un día en que la había ido a ver y la encontré de mejor humor, Ms. R. me sugirió que fuera a la oficina de Registros Públicos para pedirles que cambiaran María por Marina en la escritura de venta. La miré largamente en silencio como un tigre de Bengala mira a la presa que está por atacar y comerse viva, pero me dije que, en esa determinada situación, yo era la presa y no Ms. R. Así que recogí mis papeles y, tras un frío saludo, me fui. Al volver a casa llamé a mi abogado para informarle sobre la sugerencia de Ms. R. y para pedirle su opinión sobre el asunto. Después de mucho pensar llegamos a la conclusión de que, dadas las circunstancias, no cabía otra opción más que ir a la Oficina de Registros Públicos para tratar de cambiar el nombre en la escritura de venta. Decidí entonces llevar una escritura del año 1989 en donde mi nombre aparecía correctamente como Marina; y, después de encomendarme a mi abuela Gemma, me encaminé hacia el Registro para tratar de convencer a los burócratas allí empleados que yo era en realidad Marina y no María. Hacía exactamente tres meses que estaba tratando de obtener la reducción de los impuestos que para mí, en calidad de mujer sola, era sumamente importante, y ésa era mi última opción. Si en esa oficina se negaban a cambiar mi nombre en la escritura, no me quedaba ninguna otra salida más que mudarme a un departamento más barato. Cuando por fin llegué a la oficina de Registros de la Propiedad me atendió una amable funcionaria que, por suerte, en nada se parecía a Ms. R., pero quien, tras escucharme cortésmente, me dijo que tendría que consultar con su supervisor. Después de ofrecerme una silla en su despacho, la funcionaria salió presurosa a buscar a su jefe. No me fue preciso esperar mucho para ver llegar al señor C. quien me invitó cordialmente a contarle, una vez más, qué me traía a su oficina. Con lujo de detalles le expliqué que, a fin de poder gozar del descuento impositivo para residentes de la Florida, tenía que cambiar el nombre equivocado en la venta de mi casa anterior, y que mi abogado me había sugerido que lo tramitara allí. Después de escucharme atentamente y con una cara de profunda conmiseración, el señor C. me dejó saber que, lamentablemente, no le era posible llevar a cabo el cambio. Lo que siguió fue una interminable explicación kafkiana de por qué no lo haría. Al escucharlo sentí que la ansiedad me invadía lentamente hasta mojarme los ojos. No obtener la exención impositiva significaba que tendría que vender el departamento, ya que me resultaba muy oneroso mantenerlo, y volver a desarraigarme. Si bien el hombre sabía que yo decía la verdad, ninguno de mis argumentos pareció conmoverlo. No tardé en absoluto en darme cuenta de que no había nada que yo pudiera decir que convencería a ese hombre a darme la razón; es decir, que el que había escrito María en vez de Marina en la escritura de mi casa era un imbécil de esos que trabajan de brazos caídos y toman café cada diez minutos. Lentamente me levanté de la silla, recogí mis bártulos y, después de saludar a ambos sin mirarlos a los ojos, me encaminé hacia la salida del edificio. Tenía que caminar dos cuadras hasta poder dar vuelta a la derecha para llegar hasta el estacionamiento de mi coche. El día era una hermosa mañana de mayo y, si no hubiera sido por la frustración que me invadía, me hubiera ido a caminar sin apuro por las calles de downtown Miami hasta dar con alguna cafetería con olor a café cubano recién hecho. En cambio, decidí seguir caminando derecho para escapar de aquel lugar lo antes posible. Ya me faltaban pocos metros para doblar la esquina hacia la derecha en dirección al coche cuando de pronto escucho a alguien gritar: “Señora, señora, pare por favor”. Al darme vuelta veo a la funcionaria de la Oficina de Registros correr hacia mí agitando los brazos. -Hace diez minutos que la estoy llamando y corriendo detrás de usted -dijo sonriendo. -Mi jefe decidió acceder a su pedido y cambiar el nombre en la escritura. Venga conmigo, por favor. Mientras le devolvía la sonrisa se me ocurrió pensar que, de haber llegado a la esquina y doblado a la derecha, la mujer me habría perdido de vista.

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