ESA NOCHE EN LO DE MI ABUELO - del libro CUENTOS DEL MÁS ACÁ Y DEL MÁS ALLÁ. Marina Oppenheimer - Amazon

Mis abuelos vivían a una media hora de mi casa y, cuando niña, solía ir a visitarlos los sábados. A mi abuelo le encantaba jugar a la canasta pero detestaba perder, así que, a pesar de mis pocos años, yo había aprendido a tolerar su frustración cada vez que le ganaba una mano. Ese sábado yo había llegado un poco más tarde que de costumbre y él me estaba esperando con la puerta abierta. En esa época no abundaban los atracos y la gente vivía mucho más confiada que hoy en día. El almuerzo ya estaba listo y mi abuela iba y venía de la cocina con los habituales spaghetti al pomodoro y el bol de queso rallado. Debo decir aquí que mi abuela odiaba la cocina pero, por suerte, mi abuelo no. Nunca en mis largos años de vida comí spaghetti como los de mi abuelo. A pesar de que, en esa época, yo no sabía mucho de cocina me sabía la receta de memoria: un huevo por persona, media taza de harina por persona, sal, y una cucharita de aceite de oliva. Hacer un círculo de harina para encajonar los huevos, batirlos con la sal, el aceite y de a poco ir agregando la harina, mezclar la masa y estirarla con el palo de amasar. Una vez que la masa estuviera bien estirada, enrollarla en sí misma y cortarla en tiras finitas con un cuchillo bien afilado. Luego colgar los fideos y dejarlos secar un rato. Cocinarlos al dente y servirlos con la salsa al pomodoro que, eso sí, llevaba una cucharadita de azúcar para neutralizar la acidez de los tomates. Como en esa época el peso no era una de mis preocupaciones, comí mi ración sin remordimientos y saboreando cada porción como si fuera la última de mi vida. Durante la comida mis abuelos me preguntaron cómo me había ido en el colegio esa semana y, al constatar que no tenía demasiadas novedades que contar, mi abuelo arrancó con el relato de su viaje a Corrientes ese mismo día. -¿Rimani con la nonna stasera? -una pregunta totalmente retórica porque mi madre ya me había anunciado que mi abuela tenía miedo de estar sola y que, esa noche, debía quedarme a dormir en su casa. De niña me encantaba dormir fuera de casa, en la casa de amigas o de mis primas, pero como mi abuela era una mujer deprimida y religiosa, la idea de quedarme sola con ella no me atraía en absoluto. Pero lamentablemente, cuando yo era chica, a los menores no nos quedaba más remedio que obedecer. Cuando mi abuelo partió ya era la tardecita. Lo acompañé hasta abajo como para retrasar la noche en esa casa en la que no me sentía del todo a mis anchas, y menos aún si mi abuelo no estaba. Volví a subir y me senté en la sala a hacer mis deberes de la semana con el ruido de la televisión como música de fondo. Terminadas las tareas no me dio ganas de mirar televisión ya que nunca la miraba. En esa época los programas infantiles eran muy pobres y no me atraían en absoluto. Por suerte, había en la casa una empleada doméstica joven con la que me divertía charlar y comentar chismes de las revistas. Finalmente llegó la hora de la cena y, luego de ayudar a despejar la mesa, me fui a la cama con un libro de cuentos que, por suerte, había recordado traer. Durante casi toda mi infancia me sumergí sin cesar en el mundo de Andersen, Perrault y los hermanos Grimm, así como los dos tomos de Las Mil y Una Noches que me habían regalado para un cumpleaños. Leer cuentos era para mí una experiencia casi hipnótica, ya que me hundía en mundos de fantasía que me hacían olvidar por unas horas los avatares de mi infancia. El dormitorio de mis abuelos contaba con dos camas Art Nouveau hechas con dos maderas de diferente color: una clara y la otra oscura. Eran tan hermosas que, a pesar de mi corta edad, yo ya podía apreciar su elegancia. Me encantaban los ángulos redondeados del cabezal y el lustre de la madera, además del hecho de que los colchones se hallaban recubiertos de sábanas de hilo de Holanda que mi abuela había bordado primorosamente. Como ella se acostaba muy temprano, yo aún estaba leyendo cuando se durmió. Me costaba concentrarme en la lectura, pero la verdad es que tenía miedo de apagar la luz. Había algo en el ambiente que me generaba ansiedad, aunque no podía determinar qué era lo que me intranquilizaba. Quizás, me dije, las innumerables anécdotas de la Primera Guerra Mundial que mi abuelo nos contaba cuando estábamos todos los nietos reunidos. Cómo, por ejemplo, cuando nos decía que estando con otros soldados en la trinchera, nunca encendían tres cigarrillos a la vez ya que al encender el primero el enemigo los ubicaba, con el segundo los apuntaba y con el tercero los acribillaba a balazos. Pero también nos contaba sobre los espíritus que vagaban por las casas a la noche y que se delataban cuando hacían ruido tocando la cristalería y los cubiertos, aunque nunca nos supo explicar por qué ese afán de hacer ruido con objetos hogareños. Finalmente no me quedó más remedio que apagar la luz y, a pesar de la ansiedad, no tardé en dormirme profundamente. Me despertó en la mitad de la noche un ruido de llaves en la puerta de entrada y me dije contenta que, por suerte, mi abuelo ya había regresado de Corrientes. Estaba por levantarme de la cama para ir a saludarlo, pero algo me retuvo: me extrañó que mi abuelo no prendiera las luces. Acto seguido y siempre en la oscuridad escuché que el intruso se dirigía al comedor arrastrando los zapatos. Aterrada oí como abría las puertas del mueble de la cristalería y los cubiertos, haciendo ruido al tocarlos; un ruido tan cristalino que más bien parecía música de arpa. A esta altura yo estaba tan aterrorizada que ni siquiera tenía el valor de despertar a mi abuela. Tal era mi miedo que empecé a temblar haciendo que el cabezal de la cama chocara repetidamente contra la pared, lo que me dio aún más miedo ya que el ruido podía alertar al intruso. Después de tocar vasos y cubiertos, el intruso se dirigió al cuarto de la empleada siempre arrastrando los pies. Pensé en la pobre Jacinta, así se llamaba, y me hundí aún más debajo de las cobijas. Después de algunos minutos en el cuarto de Jacinta, el desconocido se fue acercando lentamente al dormitorio de mi abuela y, al pasar por al lado de mi cama, pensé que el corazón me estallaba. Frente a las dos camas había una ventana que daba al balcón y que mi abuela no cerraba del todo ya que la oscuridad le daba miedo. Allí fue donde se detuvo el intruso con la mirada hacia la cama de ella. Como la noche era clara, al entreabrir los ojos pude divisar que se trataba de un hombre joven y muy bajo que a mí ni siquiera me dirigió la mirada. Al cabo de unos instantes, que me parecieron un siglo y medio, el individuo empezó a alejarse y cuando ya estaba fuera de nuestro cuarto desperté a mi abuela. -Hai fatto un brutto sogno -me dijo ella al yo contarle lo que había visto y escuchado. En ese momento escuché al intruso apurarse hacia la salida y cerrar la puerta despaciosamente.  

Comments

Popular posts from this blog

"Mathematics is the language with which God has written the universe". Galileo Galilei

THERE IS AN ANGEL AT EVERY CORNER

KNOW YOURSELF. LIFE WILL BE BETTER.